Leer el último libro de Julia Navarro sin morir en el intento es prácticamente imposible. No por su volumen, sino por la mala calidad de la trama y de los personajes que la conforman.

Tomando como referentes obras anteriores de la autora, como «Dime quién soy» o «Dispara, yo ya estoy muerto», que me encantaron a más no poder, empecé esta última novela suya con muchísimas ganas, ¡pero vaya decepción!

Deprimente me ha parecido que Julia Navarro necesite 1000 páginas de extensión para semejante historia, que no puede ser más simple ni más llana. Quien lo haya leído estará de acuerdo conmigo en que en las primeras 200 páginas apenas avanza y se dedica a reiterar una y otra vez los mismos temas y detalles, como si el lector fuese tonto y necesitase repeticiones constantes.

No sé, me da la sensación tras haberlo terminado -por pura cabezonería, no por ganas- de que si hubiese saltado de la página número 200 a la 950, no me habría perdido prácticamente nada.
Quizá esa misma historia en una cuarta parte de extensión y con un poco más de brío, que en mi opinión le falta bastante, hubiese sido atractiva. Pero así, desde luego, no.

Que alguien le diga a esta señora que, con lo bien que escribe y con el talento que demuestra tener, no se conforme con esta clase de «libros súper ventas», que serán los favoritos de los editores porque se venden solos, pero no de los lectores, que al fin y al cabo somos quienes los compramos y los disfrutamos (si nos dejan). Sin duda, junto a «La hermana favorita», los peores dos libros del año.

SINOPSIS:

Fernando, joven editor hijo de un republicano represaliado, decide huir de una España abatida por la Guerra Civil junto a sus amigos Catalina y Eulogio. Los tres son esclavos de los secretos que los acompañan y que los empujan sin remedio a vivir lejos de los suyos.

Una historia absorbente que nos habla sobre la culpa, la venganza, el peso de la conciencia y los fantasmas que nos persiguen y condicionan nuestras decisiones.

Número de páginas: 992

Editorial: Plaza Janés

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